Hay frases que no solo se leen, se mastican. Esta es una de ellas: “Somos dueños de nuestros silencios y esclavos de nuestras palabras.”
En un mundo donde se valora más la rapidez de respuesta que la profundidad del pensamiento, el silencio se ha convertido en una virtud infravalorada. Pero el silencio, bien usado, es una herramienta poderosa. Nos protege, nos da margen, y sobre todo, nos pertenece. Las palabras, en cambio, una vez lanzadas, ya no las controlamos. Vuelan, se deforman, se usan, se malinterpretan.
Y en ese contexto cobra fuerza una frase que se suele atribuir a Mark Twain1 (aunque también se ha vinculado a Lincoln o Confucio):
“It is better to keep your mouth shut and appear stupid than to open it and remove all doubt.”
O lo que es lo mismo:
“Es mejor mantener la boca cerrada y parecer tonto, que abrirla y disipar toda duda.”
¿Dura? Sí. ¿Real? También.
¿Cuántas veces hemos visto a profesionales —brillantes o no tanto— arruinar su credibilidad por hablar sin pensar? Por responder con arrogancia, justificar lo injustificable o prometer lo que sabían que no podrían cumplir. En la gestión de proyectos esto es especialmente delicado. Una palabra mal dicha en una reunión, una promesa lanzada para salir del paso, un comentario fuera de lugar… y el daño está hecho. El equipo pierde confianza, el cliente toma nota y la reputación se resiente.
Callar no siempre es fácil. A veces sentimos la presión de tener que decir algo, cualquier cosa, solo para no parecer débiles o ignorantes. Pero no hay mayor fortaleza que saber cuándo el silencio es la mejor respuesta.
Callar no es esconderse. Es pensar. Y pensar antes de hablar debería ser una regla básica, no una excepción.
Así que la próxima vez que sientas la necesidad de llenar un silencio con palabras vacías, recuerda esto: el silencio no necesita explicación, pero las palabras, sí. Y algunas explicaciones pueden costarte mucho más que unos segundos de incomodidad.
- Nota: la autoría de esta cita es incierta y ha sido atribuida a varias figuras históricas. ↩︎