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Confundir el menú con la cocina

Una ilustración conceptual que contrasta una gestión basada en procesos rígidos (cocina de auditoría con gráficos y burocracia) frente a una gestión basada en resultados (un cliente insatisfecho en un restaurante con gráficos de servicios caídos). El panel central advierte sobre "MIDEN EL TERMÓMETRO, NO LA FIEBRE".

Tu organización lleva años auditando recetas. Nadie ha probado el plato.

Hay una confusión que no aparece en ningún informe de evaluación porque es, precisamente, la que cometen quienes los elaboran. Muchas organizaciones llevan décadas midiendo procesos convencidas de que están midiendo servicios. El resultado es predecible: organizaciones perfectamente evaluadas, con su certificado ISO (ese sello de calidad que queda tan bien en la recepción) reluciente, pero que entregan resultados mediocres, con todos los formularios firmados y todos los plazos incumplidos. Una maravilla de la burocracia, vamos.

La distinción es simple, aunque incómoda. Un servicio es una promesa de resultado: tú quieres cenar. El cliente no necesita saber cómo funciona la cocina para recibir el plato. Un proceso es la secuencia de actividades que ejecuta el cocinero: entender que la cebolla va mucho antes que el pimiento si no quieres que el sofrito sea un desastre. Ambas cosas importan, pero no son la misma pregunta.

Sin procesos sólidos no hay resultados sostenibles. Y sin resultados, los procesos sólo son burocracia bien organizada.

ITIL 4 lo establece sin ambigüedad: el servicio es el QUÉ entregamos y el valor que creamos con el cliente; el proceso es el CÓMO interno que lo hace posible.

“Puedes tener todos los procesos perfectos y el servicio puede seguir siendo una ruina. Una receta impecable no garantiza que la comida sea comestible.”

El problema no es que los marcos de trabajo (frameworks) sean malos. COSO (para control interno), COBIT (para gobernar la tecnología), ISO 27001 (el candado de la seguridad de la información) e ITIL (el engranaje de la gestión de servicios) son herramientas sólidas. El problema es el enfoque con el que se aplican. Una evaluación basada en cumplimiento pregunta «¿se ejecutó el proceso según lo previsto?» («¿se hizo lo que decía el papel?»). Una evaluación basada en desempeño pregunta «¿el cliente recibió lo que necesitaba?» («¿le sirvió de algo al cliente»?). Muchas organizaciones practican la primera convencidas de que están haciendo la segunda.

El efecto práctico es demoledor. El proceso de gestión de cambios puede estar perfectamente documentado, con todas sus reuniones del comité celebradas y todas las actas firmadas, mientras la tienda online se cae tres veces en el mismo mes. La organización revisará el proceso y emitirá una opinión favorable sobre sí misma («todo OK, el proceso no falló»). El cliente, mientras tanto, habrá tenido una experiencia perfectamente documentada pero completamente insatisfactoria. ¿Quién rinde cuentas por eso? Probablemente nadie, porque el formulario está firmado.

La prueba del algodón

La norma ISO/IEC 20000-1 (el examen oficial para saber si gestionas bien tus servicios tecnológicos) distingue entre el sistema de gestión —los procesos— y los requisitos del servicio —los resultados o outcomes—. No es una interpretación libre; están en capítulos separados porque son preguntas distintas.

Lo mismo pasa con COBIT 2019. Si lo lees de arriba abajo, conectas los objetivos de la empresa con lo que haces cada día. El problema es cuando lo leemos al revés: empezamos obsesionados con los controles del proceso y asumimos que, si el Excel está en verde, el valor está entregado.

Hay una forma sencilla de diagnosticar si tu organización mide el cumplimiento cuando debería medir el desempeño. Pregunta cuál fue la última vez que alguien cuestionó si un servicio cumplió su propósito. Si la respuesta se llena de términos técnicos sin referencia al éxito del cliente, tienes el diagnóstico: estáis evaluando el examen de gramática, pero el alumno no sabe pedir un café. Tenéis el título oficial, pero nadie se entiende con el nativo.

La distinción entre servicio y proceso no es un debate reservado a los manuales de gestión. Es la diferencia entre una organización que controla sus actividades, lo que hace, y una que es responsable de sus resultados, de lo que logra. La primera puede prosperar durante años en entornos estables. La segunda es la única que sobrevive cuando el entorno cambia.

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