Mi primer marrón de programador de verdad —no el que cuentas en la entrevista para parecer resiliente— fue entender cómo funcionaba el «Paramétrico»: el lenguaje propietario de un sistema de terminales pasivos Nixdorf, con un «intuitivo interfaz» de pantalla negra y letras verdes, que en la carrera no se mencionaba ni de pasada. No lo aprendí porque me hiciera ilusión. Lo necesitaba para traducir esa lógica, línea a línea, a Visual Basic 6, el lenguaje del frontal nuevo que iba a sustituirlo (eso fue en otra vida, literalmente en otro siglo, en otro milenio). Nadie me dio un manual, porque no había manual que dar: tuve que deducir qué hacía cada bloque de código leyendo un sistema que llevaba años funcionando sin que nadie recordara ya del todo por qué. Ese «marrón», con perdón, fue mi escuela.
Hoy ese tipo de marrón —descifrar un sistema ajeno, mal documentado, que nadie más quiere tocar, para poder traducirlo a otra cosa— cada vez se le encarga menos a una persona y más a un modelo de lenguaje (ese tipo de IA que escribe texto y código, como ChatGPT o Claude Code), que lo resuelve en segundos y sin quejarse. Y ahí, exactamente ahí, se abre un boquete que casi nadie está mirando de frente: si el trabajo con el que se formaban los juniors —los que empiezan— se lo está comiendo la máquina, ¿de dónde van a salir los seniors de mañana, que deberán reemplazar a los que ya cargan hoy con el oficio?
Nunca lo llamamos formación, pero lo era (o como le llaman hoy con un lenguaje más cool, «learning by doing»). La consulta básica a una base de datos, la consulta SQL pesada que se comía la CPU sin que nadie supiera muy bien por qué, el error tonto (el «bug», en la jerga) que nadie quería tocar, la tarea mecánica de bajo riesgo que le encargabas al recién llegado mientras aprendía cómo funcionaba de verdad tu sistema por dentro: todo eso era, sin que lo dijéramos en ningún manual de acogida, el taller. El sitio donde te equivocabas sin romper nada importante y donde ibas cogiendo el criterio que años después te convertía en alguien a quien se le podía confiar algo de verdad.
«El programador junior está desapareciendo», sentencia Esteve Almirall, profesor de ESADE y experto en IA, en un reportaje de El Mundo publicado en julio. Y remata con la pregunta que de verdad importa: «¿Cómo vamos a resolver el tema de los futuros seniors si ya no hay juniors? Eso no lo sabe nadie». Yo lo tomaría como lo que es, la opinión informada de un experto y no un dato. Mi opinión es muy similar, y es que los modelos actuales ya escriben ese código mecánico más rápido y más barato que quien acaba de empezar, y eso estrecha la puerta de entrada al taller justo por donde siempre entraban los novatos.
Aquí no me voy a inventar nada, así que separo lo que puedo confirmar de lo que no. Lo que sí: el Stanford Digital Economy Lab, con datos de nóminas de ADP (una empresa que gestiona nóminas), calcula en su versión revisada de agosto de 2026 que el empleo de los trabajadores de 22 a 25 años en las ocupaciones más expuestas a la IA está un 19% por debajo de donde estaría si hubiera seguido el ritmo de sus compañeros de trabajos menos expuestos. En los trabajadores con más experiencia no aparece una brecha comparable. Y la brecha se abre sobre todo porque se contrata a menos gente joven, no porque se despida a la que ya está dentro. No es una encuesta ni una opinión de LinkedIn: son nóminas reales.
Dos matices, porque «dato mata relato» va en las dos direcciones. Los propios autores no ven evidencia de un desplazamiento generalizado del empleo en toda la economía, y uno de ellos decía en su día que sus resultados son coherentes con la hipótesis de la IA, no que la demuestren (que no es lo mismo). Además, es un documento de trabajo, es decir, investigación difundida antes de la revisión formal de otros académicos, no un estudio cerrado.
Nota para no técnicos: cuando hablo de «ocupaciones expuestas a la IA» me refiero a trabajos donde buena parte de las tareas se pueden describir como instrucciones claras y repetibles —justo lo que un modelo de lenguaje hace bien—. Programar código básico entra de lleno ahí.
Y en España, aunque las cifras no están muy consolidadas, las señales van en la misma dirección. Llevo desde el verano viendo titulares sobre caídas en la oferta de empleo tecnológico, movimientos raros en la Encuesta de Población Activa, ritmos de adopción de IA en las empresas… todo atribuido a UGT, al INE o a Eurostat, aunque referencias de tercera mano. Por ahora, me quedo con los datos confirmados y revisados publicados por Stanford y habrá que seguir viendo la evolución de los datos globales y a nivel local en España.
Hay una generación entera que está empezando a vivir esto en carne propia, no como estadística. Estudiantes que empezaron la carrera cuando ChatGPT era poco más que un buscador con maneras, y que para cuarto ya veían cómo la herramienta hacía las cosas más rápido que ellos. Llegaron tarde al oficio de aprender a base de marrones y llegan pronto a un mercado que todavía no sabe cómo encajar todas las piezas en esta nueva versión del rompecabezas tecnológico. Están en tierra de nadie: demasiado tarde para el modelo viejo, demasiado pronto para el que todavía no ha inventado nadie.
Y aquí conviene no confundir dos problemas que se parecen pero no son el mismo. Uno es el paro juvenil, que tiene mil causas y no todas tienen que ver con la IA. El otro, más estrecho y más urgente para cualquiera que gestione un equipo técnico, es este: si tu junior de hoy no hace las tareas con las que antes se fabricaba criterio, ¿qué vas a poner en su lugar para que en cinco o diez años, cuando tengas que reemplazar a tus seniors de hoy, sepa lo que hace falta saber?
Y hay otra vuelta de tuerca que no conviene perderse: al mismo tiempo que esto pasa, las empresas de este sector no dejan de quejarse de que no encuentran perfiles técnicos. No es una contradicción, es la misma historia contada desde el otro lado del mostrador. La escasez real no es de gente que sepa programar; es de gente que sepa programar con criterio, la que antes salía del taller después de años de marrones bien digeridos. Y si el taller se vacía, esa escasez de la que tanto se quejan hoy no se va a arreglar sola dentro de cinco años. Va a ir a peor, con el agravante de que nadie estará ya en camino de resolverla.
Escribí en junio (La ilusión de la simplicidad: menos «tecleadores», más ingenieros) que la IA es, para la ingeniería de software, la mayor oportunidad de reivindicación profesional que hemos tenido en décadas: que el mercado por fin va a dejar de medir al ingeniero por su velocidad de tecleo y va a empezar a valorar si piensa, si diseña, si anticipa el fallo antes de que ocurra. Sigo pensando que es así. Pero esa reivindicación da por hecho algo que ya no puedes dar por hecho: que existe un taller donde alguien está aprendiendo a convertirse en ese perfil.
Si el taller se vacía porque el modelo se ha llevado el trabajo, la formación de criterio ya no va a llegar por ósmosis (aprender solo por estar cerca de quien sabe), como nos pasó a los que llevamos treinta años en esto. Va a tener que ser diseñada, a propósito, por alguien. Y ese alguien, si gestionas un equipo, eres tú. Significa decidir qué parte del trabajo que hoy le darías a la IA se la sigues dando —aunque sea más lento y más caro— a un junior, precisamente porque el valor no está en el resultado sino en lo que aprende haciéndolo mal la primera vez. En sectores donde no puedes permitirte improvisar, esta no es una cuestión de sensibilidad generacional. Es gestión del riesgo a diez años vista: el día que se jubile tu senior actual, alguien tiene que estar ya en camino de sustituirlo, y ese alguien no aparece solo de la noche a la mañana.
Y no es solo intuición de gestor con canas. En un estudio de la consultora BCG con 70 altos directivos de varios sectores, el 53% señala el desarrollo más lento del talento junior como un problema de fondo: cuando la IA se queda con el trabajo analítico de base —investigar, redactar borradores, depurar errores, descomponer un problema en partes—, el junior deja de hacer las repeticiones con las que se construye criterio. Es una muestra pequeña y de opiniones, no de nóminas, así que la leo como síntoma, no como prueba.
Llevamos treinta años dejando que el taller se llenara solo de aprendices, a base de marrones que nadie más quería. Esta vez, por primera vez, no se va a llenar solo.
¿Estás diseñando de verdad cómo se va a formar tu próximo senior, o confías en que los aprendices sigan apareciendo por el taller, como siempre, por generación espontánea?
«A conta do pano aprenden os sastres.» La pregunta es quién está dispuesto a pagar el paño.
