Menú Cerrar

Gestionar en modo retrovisor: una mirada al pasado que puede cegarnos ante el futuro

“Gestionar en modo retrovisor” es una expresión que me vino a la cabeza viendo distintas dinámicas en varias organizaciones y se me quedó grabada cada vez que me toca tirar de hemeroteca de datos. Comentándolo hace poco con un compañero parafraseó ese enfoque con otra frase muy sencilla pero muy potente: “El camino del pasado al presente siempre es una línea recta”. Es una forma muy grafica de lo sencillo que es opinar del pasado , o como en el contexto del futbol, «que fácil es rearbitrar el lunes». El pasado es conocido, toda los hechos parámetros están a la vista, pero «del presente al futuro hay muchas bifurcaciones, y no siempre es fácil, más bien casi nunca, elegir el camino correcto”. De hecho en muchas ocasiones no nos queda más remedio que elegir la opción menos mala.

Este concepto se puede entender de forma muy visual si lo comparamos con la conducción: si solo miras por el retrovisor, no ves lo que tienes delante y las probabilidades de tener un desenlace fatal se incrementan exponencialmente. Puedes tener una visión clara de por dónde has venido, pero si no prestas atención a lo que hay frente a ti, lo más probable es que acabes estrellándote.

En la gestión —sea de proyectos, equipos o decisiones estratégicas— este modo de operar se traduce en un exceso de análisis retrospectivo, y a veces hasta la «parálisis por análisis» (pero este es otro tema). Se evalúan métricas pasadas, se repiten fórmulas que funcionaron antes, se toman decisiones en base a lo que ya ocurrió, confiando en que lo que funcionó una vez, volverá a funcionar. Pero como bien se conoce y advierte en el mundo financiero: “ganancias pasadas no garantizan rendimientos futuros”.

Esta forma de gestionar, poniendo sólo la vista en el pasado, tiene muchos riesgos que tenemos que tener en cuenta:

  • Falta de adaptación al cambio: el entorno cambia constantemente. Lo que ayer fue exitoso, hoy puede ser irrelevante o incluso contraproducente.
  • Ceguera ante nuevas oportunidades: estar demasiado enfocados en repetir el pasado puede impedirnos ver nuevas soluciones, enfoques o tecnologías que podrían mejorar nuestra situación.
  • Toma de decisiones defensiva: cuando el foco está en no cometer errores pasados, se tiende a elegir caminos “seguros”, pero no necesariamente los mejores.
  • Pérdida de visión estratégica: se gestiona por reacción, no por dirección. Es decir, se responde a lo que ya pasó en lugar de anticipar lo que podría pasar.

En el contexto de la gestión tecnológica, y tal y como está cambiando exponencialmente (Ley de Moore1), esos riesgos se incrementan a velocidad de vertigo en situaciones como:

  • Obsolescencia tecnológica: confiar solo en herramientas o arquitecturas “probadas” puede impedir adoptar soluciones más eficientes.
  • Pérdida de competitividad: si otros equipos evolucionan y nosotros seguimos en el “modo seguro”, nos quedamos atrás.
  • Malas decisiones estratégicas: repetir estructuras, cronogramas o modelos de recursos sin cuestionarlos puede llevar a errores costosos.
  • Resistencia al cambio: se genera una cultura donde innovar da miedo, porque se valora más “lo conocido” que “lo posible”.

Un ejemplo de esos riesgos en el contexto de un equipo de desarrollo es insistir en seguir utilizando un framework porque “siempre nos ha funcionado bien”. Pero en la actualidad, ese framework está desactualizado, tiene problemas de rendimiento, carece de soporte con lo que se incrementan las vulnerabilidades, etc… Mirar al pasado en este caso no solo limita el avance, sino que pone en riesgo la calidad técnica y la motivación del equipo.

Otro ejemplo muy común se dá en el ámbito de la planificación de capacidad: si siempre dimensionamos el equipo en base a la carga del año anterior, sin considerar los nuevos proyectos, las integraciones con IA, los cambios regulatorios o los picos de demanda estacional, podemos estar gestionando una realidad que ya no existe.

  1. Pérdida de competitividad: si otros equipos evolucionan y nosotros seguimos en el “modo seguro”, nos quedamos atrás.
  2. Malas decisiones estratégicas: repetir estructuras, cronogramas o modelos de recursos sin cuestionarlos puede llevar a errores costosos.
  3. Resistencia al cambio: se genera una cultura donde innovar da miedo, porque se valora más “lo conocido” que “lo posible”.

Ante esta situación lo importante es encontrar un equilibrio entre revisar el pasado, pero sin olvidarnos de mirar hacia adelante.

Gestionar en modo retrovisor

Revisar el pasado es útil, no lo debemos ignorar: sirve para aprender de errores, reconocer patrones, entender qué funcionó y por qué. Pero en la gestión, y en especial la tecnológica, el presente y el futuro son mucho más volátiles: nuevas tecnologías, cambios regulatorios, expectativas de negocio que evolucionan, cambios en el patrón de comportamiento de nuestros clientes, irrupción de la inteligencia artificial… El retrovisor es sólo una de las herramientas y debe ser una herramienta de aprendizaje, no una guía de navegación. El parabrisas —es decir, la visión hacia adelante— debe ser siempre nuestra principal referencia.

La buena gestión de proyectos tecnológicos implica detectar señales del entorno, evaluar múltiples caminos y decidir con información imperfecta. A veces no se trata de elegir “la mejor opción”, sino “la menos mala” dadas las restricciones actuales: presupuesto limitado, plazos ajustados, deuda técnica, o dependencias con terceros. Para eso necesitamos estar atentos al entorno, a las señales que nos da el presente, y a las múltiples bifurcaciones que se abren hacia el futuro.

Gestionar en modo retrovisor es cómodo y puede dar sensación de seguridad, pero es una falsa seguridad y puede ser peligroso. Nos da una falsa sensación de control en un entorno donde lo único constante es el cambio. La clave está en combinar la experiencia del pasado con la apertura al futuro: aprender, sí, pero también explorar, anticipar y adaptarse. La verdadera capacidad de gestión se mide en nuestra habilidad de mirar hacia adelante, asumir incertidumbre, y actuar con criterio en terrenos no explorados. Porque si en la conducción mirar solo por el retrovisor puede llevarnos al accidente, en la gestión tecnológica puede llevarnos a la irrelevancia.

  1. La Ley de Moore, enunciada por Gordon Moore en 1965, observa que el número de transistores que se pueden colocar en un circuito integrado se duplica aproximadamente cada dos años. Esto se traduce en un aumento exponencial de la potencia de procesamiento y una disminución del costo por transistor. ↩︎

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *