O cómo pasamos la vida aparcados esperando que empiece
Horacio lo escribió en el siglo I antes de Cristo. Dos mil años después seguimos sin hacerle caso.
Carpe Diem. Vive el momento. No el PowerPoint del momento, no el roadmap del momento, no la versión aspiracional del momento que le contarás a alguien en una cena. EL MOMENTO, EL HOY, EL AHORA.
Vivimos obsesionados con llegar. Con el ascenso, el proyecto cerrado, las vacaciones, el año que viene. Como si la vida fuera una sala de espera y la felicidad estuviera al otro lado de la puerta. El problema es que cuando llegas, ya hay otra puerta. Siempre hay otra puerta.
He visto esto en organizaciones durante treinta años. Y lo he visto en mí mismo, que es más incómodo de admitir.
El perfil es reconocible: personas brillantes, comprometidas, que viven permanentemente en el futuro. Que no celebran lo que acaban de conseguir porque ya están pensando en lo siguiente. Que no disfrutan del proyecto porque están gestionando el riesgo del proyecto. Que llegan a casa con la cabeza en la oficina y a la oficina con la cabeza en el siguiente nivel.
Productivos. Eficientes. Y profundamente incapaces de estar donde están. Y, en el fondo, profundamente infelices.
No estoy haciendo un alegato contra la ambición. La ambición bien calibrada es útil y necesaria (sin ambición no hay innovación, no hay progreso). Estoy hablando de otra cosa: de la incapacidad de reconocer valor en lo que ya tienes mientras persigues lo que aún no tienes.
Eso no es ambición. Es ansiedad con mejor marketing.
Lo que he aprendido —a veces por las malas, que es como se aprende lo que de verdad se aprende— es que el destino cambia constantemente. Los objetivos se mueven, las circunstancias se tuercen, los planes se rompen. Lo único seguro es el presente. Y si lo estás malgastando esperando que llegue algo mejor, nadie te lo va a devolver.
Esto tiene consecuencias prácticas, no filosóficas.
Significa que hay que celebrar el logro antes de pasar al siguiente. Significa que el error no es una identidad, es información: reconócelo, corrígelo si puedes, y sigue sin el drama innecesario. Significa que las relaciones que construyes por el camino no son el coste de llegar a algún sitio —son el sitio.
Y significa, sobre todo, entender que el proceso no es lo que pagas por el resultado. El proceso es el resultado. Todo lo demás son fotos del final.
Dos mil años lleva Horacio diciéndonos lo mismo. Quizás ya va siendo hora de escucharle.