Cómo la IA ha amplificado nuestra mala costumbre de crear una falsa ilusión de experto a base de jerga.
En el colegio todos conocimos a ese compañero con memoria de elefante. Era capaz de recitar el libro de texto de cabo a rabo, comas incluidas. Sacaba dieces, sí, pero si el profesor le hacía una pregunta que requería aplicar la lógica a un caso real, se hacía un silencio sepulcral. Sabía repetir, pero no entendía ni «papa».
Hoy, esa figura ha saltado del pupitre al despacho de cristal y ha encontrado en la Inteligencia Artificial a su alma gemela. Tenemos que dejar de confundir la memoria con la inteligencia; es el error estratégico de toda la vida, pero ahora la IA lo ha amplificado hasta el ridículo. Lo que me resulta fascinante —y un poco preocupante— no es la tecnología en sí, sino cómo ha puesto en evidencia que gran parte de nuestra cultura empresarial se basa en crear una falsa ilusión de experto a base de repetir jerga.
El espejo de la mediocridad corporativa
Lo que me resulta fascinante —y un poco preocupante— de la IA no es la tecnología en sí, sino cómo ha puesto en evidencia una realidad incómoda: gran parte de nuestra cultura empresarial se basa en ser un loro estocástico.
El término viene de la crítica académica a los modelos de lenguaje: sistemas que repiten patrones estadísticos basándose en la probabilidad, pero sin comprender ni una palabra de lo que sueltan. Dicho en cristiano: como el que canta en inglés de oído sin saber si está pidiendo un café o declarando la guerra. La pregunta incómoda es cuántos «líderes» de equipo llevan años haciendo exactamente lo mismo y cobrando por ello.
Sueltan términos como Scrum (organizar el trabajo en pedacitos cortos para no pegarse el piñazo al final), Kanban (un tablero de post-its para ver quién está trabajando y quién está disimulando) o KPIs (esos números que dicen si el negocio va bien o si solo estamos maquillando el cadáver) como si fueran mantras sagrados. Aplican metodologías de libro sin bajarlas al barro, sin mirar si el equipo está quemado o si el cliente no tiene ni idea de lo que quiere. Hablan una jerga técnica vacía para parecer expertos, cuando en realidad solo están reproduciendo lo que oyeron en un curso de fin de semana con catering de canapés resecos.
La IA no piensa ni razona. Solo procesa. El problema es que hemos construido organizaciones donde «procesar y repetir» se premia más que «entender y solucionar». Y ahí es donde nos ganan las máquinas; básicamente porque ellas no se cansan de decir tonterías y no piden aumentos.
La trampa de la repetición: Fachada vs. Realidad
Confundir la memoria con la inteligencia es el error estratégico más común de esta década. Y aquí es donde se pierden los cuartos:
- La fachada perfecta: Tanto la IA como el profesional «de manual» son excelentes creando una ilusión de competencia. Te presentan un informe con gráficos de colores y palabras de moda que da gusto verlo, pero si rascas un poco, debajo solo hay serrín y humo.
- El abismo del contexto: En el momento en que el proyecto se tuerce —un presupuesto que se esfuma o un equipo que ya no puede más—, el loro se bloquea. No hay manual que cubra la «mala leche» de un proveedor o el factor humano. Como ya he dicho otras veces: la cultura se desayuna a la estrategia, y al loro también.
- El vacío del «Para Qué»: Puedes saberte toda la jerga de Silicon Valley, pero si no entiendes para qué sirve la herramienta, solo estás añadiendo burocracia al caos. Y el caos con nombre en inglés, sigue siendo caos (pero más caro).
Lo que una máquina no puede fingir
Aquí viene la parte que a algunos les escocerá: si tu gestión consiste únicamente en aplicar el proceso A después del B, ya tienes un competidor que lo hace más rápido, más barato y sin pedir vacaciones en agosto.
La clave, el verdadero valor diferencial, está en tener criterio. El criterio es saber cuándo el manual se equivoca, cuándo el cliente miente (a veces sin saberlo) y cuándo hay que salvar los muebles saltándose las reglas. Eso no se descarga de ningún sitio; eso se mama en la trinchera.
Usa la IA para lo que es: un becario con una capacidad de síntesis extraordinaria y ninguna responsabilidad sobre lo que produce. Que te resuma la reunión, que organice los datos o que escriba ese borrador que luego tú tendrás que destrozar. Pero la decisión, el contexto y las consecuencias son exclusivamente tuyas. El día que delegues eso en una máquina, no serás un gestor con IA: serás un loro con suscripción Premium.
Tres pruebas para detectar loros corporativos (y para no serlo tú)
Si quieres saber si alguien realmente sabe de qué habla o simplemente ha memorizado el diccionario del sector, estas tres pruebas no fallan:
- El «Por Qué» en cascada: Pregúntale por qué ha elegido esa metodología. Si responde «porque es el estándar de la industria», huye. El experto te dirá: «porque si no lo hacemos así, el de sistemas y el de ventas acabarán a navajazos».
- La prueba de la abuela: Pídele que explique qué es un «impedimento» usando una metáfora de cocina o de tráfico. Si se queda trabado buscando la palabra en inglés, es un loro de manual.
- El escenario del caos: Pregúntale qué regla rompería si el proyecto estuviera a punto de explotar. El loro se aferrará al proceso mientras el barco se hunde; el gestor salvará los muebles y ya pedirá perdón luego.
Estas pruebas son incómodas porque todos, en algún momento, hemos hecho un poco el loro para salir del paso. La diferencia es si lo usamos como escudo o si tenemos el sentidiño de saber cuándo soltar el guion y empezar a gestionar de verdad.