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Manual de Mando Incompleto

Una fotografía realista de una mesa de madera en una sala de juntas de oficina, iluminada por la luz dorada del atardecer que entra por un gran ventanal al fondo. En primer plano y enfocada, destaca una pila de libros sobre varios documentos; el libro superior muestra claramente en su portada blanca el título "MANUAL DE MANDO INCOMPLETO" con una ilustración de una cadena rompiéndose y el subtítulo "Porque alguien tiene que decirlo". El entorno está desordenado con tazas de café para llevar y restos de comida, sugiriendo una reunión tensa o agotadora que acaba de terminar, dejando las sillas vacías en un ambiente de reflexión crítica sobre el liderazgo corporativo.

Lo que nadie te dice cuando te ascienden

Todos hemos tenido un jefe que nos ha amargado una etapa de la vida profesional. Algunos, varios. Y si llevas el tiempo suficiente en esto, probablemente también hayas sido ese jefe para alguien, aunque nadie te lo haya dicho a la cara — porque esas cosas no se dicen, se rumian en los cafés de la máquina y en los mensajes de WhatsApp del grupo «Los supervivientes».

El dato, por si alguien lo necesita para dormir tranquilo, lo pone Gallup: el 70% del compromiso de un equipo depende de su responsable directo (State of the Global Workplace 2025). Ni del sueldo, ni de la mesa de ping-pong, ni de esa «cultura corporativa» que sale en la web pero que nadie ha visto en persona. Depende del jefe. De ti. O de quien tengas arriba.

Traduzcamos esto al cristiano: siete de cada diez personas que trabajan «a medio gas», mirando el reloj cada cinco minutos o actualizando su currículum en secreto, tienen, con casi toda seguridad, un problema de liderazgo encima. No es el mercado, no es que «la juventud de hoy no quiera trabajar», ni es el cambio climático. Es el jefe.

Y ahora la cifra que no sale en los informes porque es difícil de medir sin herir orgullos: la mayoría de esos gestores están convencidos de que lo hacen de cine. El problema no es la malicia —nadie se levanta pensando «hoy voy a amargarle la vida a mi equipo»—, es la convicción. Es esa ceguera del que cree que liderar es dar órdenes y esperar aplausos.

En los próximos artículos de esta serie vamos a fichar a los sospechosos habituales. Ponerles nombre, describir sus síntomas y explicar cómo rompen las cosas por dentro. Porque antes de buscar la medicina, conviene saber qué bicho nos ha picado.

Si todavía no has leído el artículo cero de esta serie, empieza por ahí: El fin de la escalera: por qué el ascenso ya no es un premio. Porque buena parte de los malos jefes que vamos a desfilar no nacieron así — los ascendieron hasta convertirlos.

De momento, hemos fichado a tres ejemplares:

➡️ El líder sol: el que quema por exceso de ego.
➡️ El líder tóxico: el que daña por abuso de poder.
➡️ El líder anestesiado: el que paraliza por miedo a decidir.

No voy a entrar en detalle aquí porque para eso están los artículos. Solo diré que los reconocerás. Y que probablemente conozcas a alguien que encaja en cada uno. Ojalá no seas tú 😉.

Ah, y una advertencia: sé que lo primero que vas a querer hacer es enviarle este enlace a tu jefe con un mensaje anónimo. Tienta, lo sé. Pero hazme un favor: empieza por leértelo tú. Los buenos consejos empiezan por uno mismo.

1 comentario

  1. Pingback:EL LÍDER SOL: ese que te ilumina tanto que te acaba achicharrando – El Arte de Gestionar Proyectos

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