¿Alguna vez te has preguntado si ha llegado el momento de cambiar de aires? Creo que todos deberíamos hacernos esta pregunta de vez en cuando, aunque sea por pura introspección, para analizar si te has estancado o si ya has pasado oficialmente al modo «mi curruncho».
Nota para los no galaicos: Estar en «tu curruncho» es ese momento en el que te encadenas a tu zona de confort, te haces un ovillo en tu rincón y de ahí no te mueve ni una inspección de trabajo.
Si aún crees que tienes algo que aportar, si todavía te ilusiona algún reto, es que no has llegado a ese punto de no retorno y aún puedes reconducir y explotar esa chispa. Pero si no… puede que ya haya llegado la hora de cambiar de aires.
Gestionar proyectos o equipos no es solo pelearse con un diagrama de Gantt (esa colorida lista de deseos que nunca se cumple) o dominar herramientas de planificación. La gestión, en su esencia más pura, es un ejercicio de honestidad brutal. He visto trayectorias brillantes terminar diluidas en la irrelevancia simplemente porque el líder no supo leer el reloj. O lo que es lo mismo: porque se creyó que la fiesta no podía seguir sin él.
Irse a tiempo no es un fracaso; es el último acto de maestría. Pero, ¿cómo saber si ya te has convertido en el «cuello de botella» de tu propio legado? (Y por «cuello de botella» me refiero a ese punto donde todo se atasca porque tú tienes que dar el visto bueno hasta al color de los post-its).
Las ventajas de saber cerrar el chiringuito
Cuando un gestor decide dar un paso al lado en el momento justo, ocurren dos cosas que parecen magia, pero son pura lógica:
- Limpieza de aire: Permites que asome el talento que tenías debajo. Las empresas no suelen morir por falta de gente brillante, sino por el «efecto sombra«: líderes que ya no aportan, pero que ocupan tanto sitio que no dejan pasar ni la luz.
- Salvar los muebles (y tu reputación): Te vas cuando todavía te piden que te quedes. Hay una sabiduría inmensa en retirarse cuando los resultados acompañan, dejando el listón alto, en lugar de esperar a que te tengan que sacar con agua caliente.
El ego: ese gestor que te miente a la cara
El problema es que el ego es un gestor pésimo. Nos susurra al oído que somos «imprescindibles». Aquí tienes las señales de que te estás engañando:
- La trampa del «ya lo he visto todo»: En el momento en que dejas de aprender, empiezas a oler a cerrado. Si sientes que nada te sorprende, tu capacidad de innovar está en la uvi. Estás gestionando por inercia, como el que conduce de vuelta a casa y no recuerda ni por dónde ha pasado.
- El refugio en las excusas: Es muy cómodo culpar al mercado, a la falta de presupuesto o a que «los jóvenes de ahora no se comprometen». La realidad es que, si ya no eres capaz de hacer que las cosas pasen, te has convertido en un dispensador de frases hechas.
- La religión del «siempre se hizo así»: Cuando tus reuniones son pura retórica y los cambios solo ocurren en diapositivas de PowerPoint, pero la realidad del equipo sigue igual de gris, estás militando en el inmovilismo. Y eso, en gestión, es pecado mortal.
Mis recomendaciones para una salida elegante (antes de que sea tarde)
Si sientes que el brillo en tus ojos ha sido sustituido por el cansancio de quien cuenta los días para el viernes, y te has convertido en esa sombra que eclipsa a tu equipo, te sugiero tres pasos de acción inmediata:
- Escribe tu «contrato de despedida» hoy: No esperes a la crisis. Define ahora qué tres indicadores (resultados, aprendizaje, ganas de levantarte por la mañana) deben fallar para aceptar que es hora de partir. Si dos de tres están en rojo, ve mirando el calendario.
- Fomenta la «Cultura del Sustituto»: Tu éxito no se mide por cuánto te echan de menos cuando te vas, sino por lo poco que se nota tu ausencia porque todo sigue funcionando como un reloj. Empieza hoy a repartir juego. Delegar (darle responsabilidad a otro) no es perder poder, es ganar vida.
- Busca a alguien que te lleve la contraria: Si te has rodeado de gente que te da la razón como a los locos, estás en peligro. Busca activamente a esos perfiles que cuestionan tu lógica. Si sus argumentos te irritan en lugar de invitarte a pensar, es una señal de que tu humildad ha caducado.
Saber acabar sin estropear lo que has construido es, probablemente, el proyecto más difícil de gestionar. Pero también el que más paz te va a dar. Lo que nadie te dice es que, mientras tú sigues decidiendo si «aún tienes algo que aportar», tu equipo ya tomó esa decisión por ti. Solo que en voz baja.
Los grandes líderes no se retiran cuando están cansados. Se retiran cuando su equipo todavía los echa de menos.