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Cómo desgraciar a tu mejor técnico con un cargo (o la obsesión española por la ‘Jefitis’)

Estamos a finales de enero. Ya se te ha pasado la resaca de las fiestas, has abandonado (otra vez) el propósito de ir al gimnasio y, de repente, llega ese otro evento anual tan temido como inevitable: la temporada de revisiones salariales.

Esa época del año donde la productividad baja, los nervios suben y una sola frase te asalta en cada esquina, en cada reunión y hasta en la cola del comedor: «¿Qué hay de lo mío?».

En estas semanas, en miles de despachos de España se repite el mismo drama. Te sientas, sueltas la frase mágica esperando el milagro y surge el eterno dilema, la gran trampa del mercado laboral patrio: «Si quieres ganar más, tienes que gestionar personas».

Y ahí es donde volvemos a la vieja costumbre, tan arraigada en nuestra cultura como la tortilla de patatas (con cebolla por favor 🤗) o el presentismo, que consiste en creer que la única forma de premiar a quien trabaja bien es sacarlo de su sitio.

Es la lógica del «ascenso por inercia»: tienes a un programador que escribe código como los ángeles, a un diseñador que te levanta una marca en una tarde o a un gestor de proyectos que hace que el caos parezca un baile coreografiado… ¿y cuál es tu brillante idea para subirle el sueldo? Sentarlo en un despacho a rellenar Excels, aprobar vacaciones y escuchar las quejas de otros diez humanos.

Felicidades. Acabas de cometer el error más viejo del organigrama: has perdido a un profesional excelente y has ganado a un jefe mediocre que, probablemente, solo tiene ganas de llorar cada vez que abre el Outlook.

Spain is different (la «titulitis» ibérica)

Seamos claros: esto es un problema global, pero en España (y alrededores) es deporte nacional.

En el mundo anglosajón, un experto técnico con canas en la barba es venerado. Se le recompensa bien por saber qué tornillo apretar, aunque bueno, las presiones de plazos no desaparecen. Su tarjeta de visita pone «Ingeniero Principal» y entra en la sala con el mismo respeto que el CEO.

Pero aquí… ay, amigo. Aquí somos de otra pasta. En nuestra cultura empresarial, parece que si no tienes «gente a tu cargo», no eres nadie. En muchos ámbitos todavía hay esa mentalidad de hidalgo antiguo: el trabajo técnico es «de operarios» y el éxito real consiste en mirar cómo trabajan los demás desde una silla más cómoda.

Si le dices a tu suegra en la cena de Navidad que eres «Programador Senior», te preguntará con preocupación: «¿Pero mandas o te mandan?». Porque aquí el estatus no te lo da lo que sabes, te lo da a cuánta gente puedes fastidiarle la tarde del viernes. Y eso, señores, es un atraso monumental.

El mito del «pienso» único

En Galicia decimos que «non se pode repicar e estar na procesión». Pues en la oficina, pretendemos lo mismo.

Queremos que el talento crezca, pero solo ofrecemos una dirección: hacia arriba. Si quieres cobrar más, tienes que ser jefe. Es el modelo de «gestión por castigo»: o te conviertes en el pastor del rebaño, o te quedas comiendo la hierba de siempre. Y claro, el técnico español, que también tiene hipoteca, acaba aceptando el cargo de gerente aunque odie gestionar personas, solo para que la nómina suba.

Pero resulta que en 2026 la gente ya se sabe el truco. Han entendido que la ambición no es subir por una escalera que no han elegido, sino ser dueños de su tiempo y de su arte.

El «Contribuidor Individual» (O cómo ser un crack sin mandar ni en tu casa)

Para que nos entendamos sin palabros de consultora americana: existe una especie profesional llamada Contribuidor Individual.

Son esos perfiles que aportan un valor brutal a la empresa, no por cuánta gente tienen debajo, sino por lo que sale de sus manos y de su cabeza.

Nota para despistados: Un Contribuidor Individual es ese experto al que todo el mundo acude cuando algo explota. No gestiona equipos, gestiona soluciones. Tratar de «ascenderlo» a jefe es como intentar que un cirujano de prestigio deje el bisturí para dedicarse a contar las gasas del almacén. Un desperdicio de talento y una falta de respeto al sentido común.

Cómo pagar más sin inventarse un título rimbombante

Aquí es donde el sentido común suele irse de vacaciones. La mayoría de las empresas patrias tienen tablas salariales diseñadas en el Pleistoceno. «Si no gestionas presupuesto ni personas, no puedes pasar del Nivel X», te dicen mientras te niegan la subida del IPC.

¿Quién vale más para tu proyecto? ¿El mando intermedio que se pasa el día en reuniones improductivas y reenviando correos con un «FYI» (Para Tu Información, el deporte olímpico de oficina), o el experto que te soluciona en diez minutos un problema que te iba a costar miles de euros?

Si quieres motivar al que no quiere ser jefe (y romper con esta cultura nuestra tan rancia), tienes tres alternativas:

  1. La Escalera Técnica: Crea una ruta de crecimiento paralela. Si existe el «Director Comercial», que exista el «Experto Principal». Mismo sueldo, mismo coche de empresa (si lo hay), pero sin tener que aguantar las evaluaciones de desempeño de nadie.
  2. Bonos por Impacto: Paga por resultados, no por galones. Si ese perfil ha salvado el proyecto con su maestría, el reconocimiento debe ir a su cuenta corriente (ya sabes, «lo importante no es el cargo, es el abono»).
  3. El «Presupuesto de Libertad»: Al experto no siempre le motivas con poder, sino con autonomía. Déjale elegir sus herramientas o sus horarios. Es el «impuesto de felicidad tecnológica».

Cúrate de la «Jefitis»

Si eres de los que aún piensa que alguien «no tiene ambición» porque ha rechazado un puesto de mando en esta revisión salarial, háztelo mirar. Igual eres víctima de esa cultura cañí donde el éxito se mide por el tamaño del despacho y las personas que te reportan.

En el mundo real, la ambición más inteligente es la de ser el que más valor aporta, no el jerárquico.

Un aviso para todos los que nos toca gestionar personas: si seguimos forzando a nuestros mejores técnicos a elegir entre «hacerse jefes» o «ser pobres», nos vamos a quedar con una empresa llena de mánagers frustrados y sin nadie que sepa realmente cómo funcionan las máquinas. Y cuando el que sabe se canse, se irá a una empresa extranjera (en remoto, que ahora se puede) donde le paguen por lo que sabe hacer, no por a quién manda.

Como decimos por aquí: «o bo mánager non é o que máis manda, senón o que menos estorba». Dejad que los expertos sean expertos, y veréis cómo los proyectos fluyen.

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