Da igual en qué sector te muevas o en qué punto de tu vida profesional te encuentres en estos momentos. Hay una constante universal a la hora de gestionar equipos, proyectos y empresas: nos chifla optimizar. Vivimos por y para el KPI (Key Performance Indicator, o ese termómetro que te dice si la empresa tiene fiebre o si simplemente estás trabajando mucho para arruinarte de forma eficiente) y por la bendita productividad.
Pero últimamente, mientras observo cómo la Inteligencia Artificial corre más que un coche de F1 y analizo las tablas de «obsolescencia programada» para profesionales, me asalta una duda que rara vez veo en los múltiples informes que circulan online: ¿De qué sirve producir el doble de rápido si nos estamos cargando a los clientes que tienen que pagar por ello?
Recientemente me han compartido un ensayo de Citrini y Alap Shah que es para leerlo con mucho detalle: «The 2028 Global Intelligence Crisis». Es una reflexión, un aviso, sobre qué pasa cuando la IA y la robótica deciden que los humanos somos un «extra» prescindible. El ensayo es un grito para despertarnos1; estamos tan embelesados con los nuevos «agentes de software» —esos programas que hacen el trabajo de un programador senior o un analista financiero en lo que tardas en pedir un café de cápsula— que ignoramos un fallo de diseño que nos va a dar un disgusto de los grandes.
El mito de la adaptación tranquila (o el «malo será»)
Muchos especialistas repiten el mantra de revoluciones anteriores: «Tranquilos, que toda revolución tecnológica crea más empleo del que destruye». Tienen razón… históricamente. Pero hay una trampa en ese argumento: el tiempo.
Las revoluciones industriales fueron un cocido (gallego por supuesto 🤗) a fuego lento; tardaron décadas en asentarse, dando margen para que una generación se jubilara y la siguiente aprendiera a manejar máquinas en lugar de bueyes. Pero la IA no tiene esa paciencia. Aquí no hay fuego lento; es un microondas a máxima potencia. Estamos hablando de una transición que ocurre en meses, no en décadas. Y hay algo peor que la velocidad, algo que rara vez aparece en los análisis: la reconversión esta vez no tiene destino. En el siglo XIX, el obrero del campo aprendió a manejar una máquina. En el siglo XX, el operario de fábrica pasó a ser técnico o administrativo. El patrón siempre fue el mismo: la máquina reemplaza el músculo, el humano sube un escalón.
Pero cuando la IA ya reemplaza la capacidad de analizar, decidir y crear, ¿a qué escalón sube el analista desplazado? No a «gestionar la IA»: la IA ya gestiona la IA. El mecanismo histórico de recuperación no está ralentizado; está roto. Cuando un software puede ventilarse el trabajo de 10.000 empleados de «cuello blanco» (administrativos, gestores, analistas… gente que trabaja con la cabeza y no con la espalda) desde un servidor en la nube, el desplazamiento no es una curva suave, es un muro de hormigón.
Esta sustitución de la esencia humana es precisamente el núcleo de lo que Roberto Augusto narra en su libro La resistencia ludita. Augusto relata y nos advierte que no estamos ante una evolución técnica más, sino ante un modelo que, bajo la bandera del progreso, puede terminar convirtiéndose en una forma de totalitarismo tecnológico que busca prescindir de nuestra autonomía. Como él señala, el ludismo no era odio a la tecnología, sino una defensa ética del lugar que el ser humano debe ocupar en el mundo. Si la IA ya decide y ejecuta sola… ¿qué narices vas a gestionar tú? ¿A los robots? Suerte con eso. A ver cómo ejerces tú tu «liderazgo transformador» con un racimo de servidores que no duermen, no razonan y, lo que es peor, no te ríen las gracias. Gestionar a una IA es el camino más rápido para darte cuenta de que, sin humanos, tu cargo de gerente no vale ni el papel en el que está impreso.
La paradoja del «PIB Fantasma»
El ensayo de Shah y Citrini destaca un concepto clave: el PIB Fantasma. El PIB (Producto Interior Bruto) es ese marcador que dice cuánta riqueza genera un país. Pues bien, el «PIB Fantasma» es esa riqueza que sale fenomenal en las cuentas porque las empresas son increíblemente productivas gracias a los algoritmos, pero que no circula en la economía real.
Las máquinas son empleadas ejemplares: no duermen, no se quejan y no necesitan bajas médicas. Pero tienen un defecto fatal para el sistema: no consumen. Los algoritmos no se compran un piso, no bajan al bar de la esquina a por una de pulpo ni necesitan una consultoría de marketing para su marca personal.
Aquí el concepto de PIB Fantasma de Citrini se encuentra frontalmente con la crítica de Augusto: estamos validando un sistema donde la riqueza existe sobre el papel, pero carece de alma y de impacto social. Si eliminamos el salario humano para maximizar el beneficio hoy, estamos cortando el cable que alimenta el motor del consumo mañana. Es un suicidio empresarial y, a la larga, social con un PowerPoint precioso y animaciones en 3D.
Un mundo de dos velocidades
Seguro que alguno está pensando: «Ya está Carlos con el rollo ludita» que mencionaba antes (aquellos que en el siglo XIX rompían máquinas porque les quitaban el pan). Pero no me malinterpretéis, no es odio al chip. Es coherencia y analizar la cara oculta de la explosión exponencial del uso de la IA (porque todo tiene una cara B, el yin y el yang). Porque estamos construyendo una economía de dos velocidades que da pánico:
- Los dueños del «cómputo»: Una élite que tiene los servidores y el silicio. Fijaos en el precio de la memoria RAM, triplicado porque toda la demanda se va a los Data Centers (esos almacenes gigantes llenos de ordenadores) que alimentan a la «bestia». Ellos se quedan con todo el pastel.
- El resto: Profesionales empujados a la economía «gig» (trabajillos sueltos y precarios por plataformas) donde, como hay tanta gente buscando lo mismo, los salarios bajan hasta dar pena.
Aquí está el fallo de diseño que nadie menciona en los roadmaps de transformación digital: los grandes actores de la IA necesitan suscripciones para pagar sus costes, mientras su tecnología elimina sistemáticamente a los suscriptores potenciales. Pero el problema es más retorcido que eso. Las mismas empresas que lideran la automatización han construido una cadena de apuestas correlacionadas: despiden trabajadores, usan el ahorro para comprar más capacidad de IA, esa capacidad elimina más puestos, y así sucesivamente. Cada eslabón de la cadena tiene sentido individualmente; el conjunto es un esquema Ponzi con luces LED, donde la base que sostiene el sistema —el consumo humano— se erosiona en cada iteración. Y todos estamos aplaudiendo mientras nos mueven, incluso quitan, la silla.
Gestionar con realidad, no con inercia
Como gestores, nos han enseñado a vivir pegados al retrovisor: a mirar el ahorro de costes del próximo trimestre como si fuera el Santo Grial. Es la inercia del día a día. Pero la estrategia real, la que separa a un directivo de un administrativo con ínfulas, exige levantar la cabeza y mirar el ecosistema completo.
Antes de desplegar la siguiente iniciativa de automatización para ahorrarte cuatro duros, hay dos preguntas que merecen una respuesta honesta, de las que muchas veces escasean:
- ¿Para qué queremos esto realmente? ¿Estamos aportando un valor nuevo que el mercado necesita o simplemente estamos vaciando de humanos un proceso para que el Excel del mes que viene luzca más limpio? Si es lo segundo, no estás innovando; estás haciendo limpieza de sangre en el balance de situación.
- ¿Quién nos va a comprar mañana? Si tu cliente potencial se queda sin sueldo porque su puesto ha sido «optimizado» por un algoritmo primo hermano del tuyo, tu brillante proyecto se va a quedar cogiendo polvo. Y los robots, amigo mío, no tienen crisis existenciales, no necesitan estatus, no usan tarjeta de crédito ni, por supuesto, van de cena los viernes.
Llegados a este punto, quiero dejar clara mi postura para que nadie se confunda: soy partidario de las nuevas tecnologías, pero el human-in-the-loop (el humano al mando) sigue siendo necesario para que la sociedad siga evolucionando. Sin humanos en el proceso, la IA es solo una herramienta extraordinaria cavando nuestra propia fosa económica a velocidad de fibra óptica.
La diferencia entre gestionar con inteligencia y gestionar con inercia es tener el valor de reconocer que una empresa sin clientes humanos no es una empresa: es un cementerio digital muy bien optimizado. Y en un mundo donde sólo quedan servidores y algoritmos, el siguiente «coste innecesario» a eliminar podrías ser tú.
Lo incómodo de todo esto es que no hay una palanca evidente para frenarlo. Bajar tipos de interés no cambia el hecho de que un agente de IA hace el trabajo de un director de producto por una fracción de su sueldo. Los instrumentos tradicionales de política económica no están diseñados para un escenario donde la inteligencia humana deja de ser el recurso escaso. Eso no es pesimismo: es el punto de partida honesto para cualquier estrategia que valga algo. La única pregunta que importa es si construiremos nuevos marcos antes de que el bucle escriba el siguiente capítulo por nosotros.
- Toda llamada de atención, suele tener algo de exageración para despertar las conciencias. Al menos, ese es el deseo, que no se haga realidad y que se quede en una simple exageración. ↩︎