Si llevas un tiempo en esto de gestionar proyectos, conoces la sensación. Hay días en los que te levantas, miras el calendario y te sientes a lomos de un caballo flaco, lanza en ristre, listo para cargar contra el mundo. Otros días, sin embargo, lo único que pides al cielo es que el cliente se olvide de tu número de teléfono, que el Excel cuadre de una vez por todas (spoiler: nunca cuadra a la primera) y que podamos irnos a casa a una hora decente a comer algo caliente. Como un buen escudero con dos dedos de frente y vida social.
Esa es la bipolaridad corporativa de nuestra profesión.
Vivimos atrapados en una novela de caballería de oficina, de esas con moqueta gris y aire acondicionado a temperatura ártica, donde la frontera entre la visión valiente y la locura transitoria es tan fina como el margen de beneficio de ese proyecto que «no puede fallar» y que, sorpresa, ya va tarde desde antes de empezar.
Llevo años observando este circo desde las trincheras en empresas de todo pelaje. Si algo he aprendido —probablemente a base de darme cabezazos contra paredes de hormigón armado— es que, para sobrevivir en la selva del despacho, no basta con ser un héroe trágico. Tampoco basta con ser un simple acompañante pragmático que mira la cuenta de resultados con cara de acelga.
El verdadero arte de gestionar está en saber cuándo sacar la lanza y cuándo sacar el queso, el vino y esperar a que pase el chaparrón. O como diríamos en mi tierra: saber cuándo hay que tener sentidiño y cuándo hay que hacerse el «gallego pailán» y tirar palante pase lo que pase.
Analicemos a estas dos bestias que llevamos dentro.
El síndrome del hidalgo: Luchando contra molinos organizativos
Todos tenemos un pequeño Don Quijote dentro. Suele aparecer al principio de un proyecto, cuando la cafeína todavía hace efecto o cuando nos nombran jefes de algo. Es esa voz interior, sospechosamente optimista, que nos dice que esta vez será diferente. Que podemos cambiar la cultura tóxica de la empresa con dos PowerPoints, o que vamos a conseguir que el cliente entienda lo que necesita (en lugar de pedir unicornios azules, que es lo que suelen pedir).
Las Fortalezas: El idealismo (o la falta de medicación)
- La Visión Innovadora: Sin ese punto de locura, seguiríamos picando piedra. El «Quijote corporativo» ve oportunidades donde otros solo ven marrones de proporciones bíblicas. Es el Gestor de Proyectos que propone usar una herramienta moderna mientras el departamento de Informática le mira como si hubiera propuesto comunicarse mediante señales de humo.
- La Valentía de Cuestionar: Hay que tener valor (o inconsciencia) para enfrentarse a los «gigantes». En nuestro mundo, esos gigantes suelen ser procesos obsoletos que llevan ahí desde el Pleistoceno, jerarquías absurdas o egos tan inflados que no caben por la puerta del ascensor. Alguien tiene que ser el primero en decir «esto no tiene sentido», aunque se arriesgue a salir rebotado por las aspas del molino burocrático directo a la cola del paro.
Las Debilidades: Cuando la realidad te da la bofetada
- Confundir la amenaza: El gran riesgo de ponerse la armadura oxidada a diario es confundir un simple trámite administrativo molesto (un molino inofensivo) con un enemigo mortal. Gastamos una energía preciosa peleando batallas que, seamos sinceros, nos importan un pimiento y no van a cambiar nada.
- El agotamiento del equipo: Si el líder siempre está en «modo cruzada épica», el equipo acaba pidiendo la baja por ansiedad. No se puede vivir en una revolución constante. A veces, la gente solo quiere hacer su trabajo sin tener que «cambiar el paradigma» un martes por la mañana antes del café. Dejad a la gente vivir, por favor.
El pragmatismo de la panza: La cordura de Sancho
Y luego está Sancho Panza. Ese señor bajito y sensato que también llevamos dentro y que nos susurra al oído en las reuniones interminables: «Jefe, déjese de líos, que eso son molinos de viento y si nos acercamos mucho nos van a dar un palo en las costillas». Sancho es la gestión de riesgos con patas, el miedo a perder el bono anual y nuestra ancla a la cruda realidad.
Las Fortalezas: Pies en la tierra y facturas pagadas
- La realidad material: Sancho sabe que las «visiones estratégicas» y las palabras bonitas en inglés no pagan las hipotecas. Se preocupa por si hay presupuesto real y por si el equipo tiene capacidad para asumir más carga sin implosionar o prender fuego a la oficina. Es la fuerza de gravedad que impide que el proyecto salga volando hacia la estratosfera del «pensamiento mágico» de muchos directivos.
- Mano izquierda y diplomacia gallega: Mientras Quijote insulta al gigante (el director de otro departamento que nos cae mal), Sancho intenta negociar por detrás para que no haya sangre. Es esa diplomacia de pasillo, el saber estar, el gallego «bueeeeno, ya veremos… malo será» que nos salva de comprometernos a plazos imposibles sin tener que decir que no a la cara.
Las Debilidades: El riesgo de convertirse en un mueble
- Parálisis por conservadurismo: Si solo escuchamos a nuestro Sancho interior, no haremos nada. Nos quedaremos en la zona de confort, gestionando hojas de cálculo perfectas que documentan con precisión milimétrica nuestro lento declive hacia la irrelevancia absoluta.
- El cinismo corrosivo: El exceso de pragmatismo puede agriarse. «Para qué vamos a intentar cambiar esto si aquí siempre se ha hecho así». Esa frase ha matado más empresas que cualquier crisis económica, pandemia o meteorito.
Análisis: La esquizofrenia de rol
El problema no es ser uno u otro. El problema es que no nos aclaramos. Todos necesitamos ser Quijotes a ratos y Sanchos a otros, pero tenemos el don de la inoportunidad.
He visto a gerentes comportarse como Quijotes delirantes —prometiendo la Luna, Marte y tres satélites más para la semana que viene— cuando se necesitaba urgentemente un Sancho que dijera: «No tenemos gente ni para cambiar una bombilla». Y al revés: líderes actuando como Sanchos temerosos, escondidos debajo de la mesa, cuando la empresa pedía a gritos que alguien diera un golpe de autoridad.
Lo fascinante —y trágico— de nuestra profesión es que las organizaciones suelen aplaudir al Quijote que hace mucho ruido, rompe cosas y se estrella espectacularmente, porque «al menos le puso pasión y proactividad». Mientras tanto, ignoran al Sancho que evitó el desastre en silencio negociando tres semanas extra. Cosas que pasan.
Manual de supervivencia para caballeros y escuderos
Si quieres llegar a fin de trimestre sin acabar hablando solo por los pasillos, aquí tienes la hoja de ruta:
- Diagnostica antes de cargar: Antes de bajar la visera, párate y piensa: ¿De verdad vale la pena? ¿Eso que tienes delante es un gigante real que amenaza el proyecto, o es un simple trámite burocrático de Recursos Humanos? Si es un molino, rodéalo. No gastes lanzas en rellenar formularios, que están muy caras y luego hay que inventariarlas.
- Alterna las gorras (o caretas):
- Fase de Ideas: Sé un poco Quijote. Vende humo (del bueno), inspira, di palabras como «sinergia».
- Fase de Ejecución: Ponte la gorra de Sancho. Mira los números, asegura los «entregables» (esa forma fina de llamar al trabajo hecho de verdad) y sé pesimista con los plazos de puertas para adentro. Si crees que tardarás una semana, di dos; sé pesimista por la salud de todos.
- Cuida a tu «Rocinante» (Tu equipo): Ni los caballos mágicos ni los burros de carga aguantan galopadas eternas. Dales respiro y, sobre todo, no les obligues a luchar tus batallas de ego. Un equipo cuidado te seguirá al fin del mundo; un equipo quemado te dejará solo frente al primer gigante de verdad mientras se van al bar a criticarte. Y con razón.
- Usa la ironía como escudo: Cuando las cosas se pongan feas (que se pondrán, es ley de Murphy), un poco de humor es la mejor defensa. Tomarse todo en la empresa como una cuestión de vida o muerte es la vía rápida al infarto. Cuando el proyecto arde por los cuatro costados, lo más sensato es decir con calma: «Bueno, al menos así ahorramos en calefacción», y ponerse a apagar el fuego con la manguera, no a gritos.
Conclusión: La verdad duele
Al final, gestionar proyectos es aceptar esa maravillosa y ridícula contradicción: aspiramos a la gloria eterna de la caballería andante, redactamos actas épicas y cronogramas dignos de la NASA, pero en el fondo, nuestra supervivencia depende enteramente de una cosa: que alguien se haya acordado de meter el bocadillo en las alforjas y que el cliente no cambie de opinión cinco minutos antes de la entrega.
Porque ya sabes: malo será.
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