Cuando asentir no significa estar de acuerdo

Un gestor observa dos monitores: uno con una videollamada dividida en dieciséis recuadros —varios compañeros con posturas distintas, cinco con la cámara apagada—, y otro con una presentación desenfocada de fondo.

El equipo llevaba cuarenta minutos de reunión y la decisión ya estaba tomada antes de que nadie la votara. Catorce cabezas asintiendo en la rejilla, dos cámaras apagadas, cero objeciones en voz alta. Tres semanas después, en la ejecución, aparecieron los problemas que dos personas de esa llamada ya veían venir el día que asintieron. El teletrabajo no nos quitó el desacuerdo — nos quitó las señales que lo delataban antes de que fuera tarde.