Los que me conocéis sabéis que soy un poco friki. Me gusta probar tecnología, entender su uso, comparar funcionalidades. En ese contexto, tengo y uso distintos dispositivos que, a priori, hacen lo mismo, pero cuando los usas en detalle aparecen diferencias no tan sutiles, y de eso va este artículo. En este caso concreto hablamos de los famosos wearables y, en concreto, partimos de tres, que podrían ser otros: un anillo Oura, un anillo RingConn y una pulsera Whoop.
La escena
Hay hechos que no admiten discusión. El viernes dormí. Caminé. Tuve, a lo largo del día, un nivel de estrés, sea lo que sea eso. Y sin embargo, con los tres puestos, cada uno me contó una versión distinta de cada hecho. Esa noche dormí, según el RingConn, 5 horas y 55 minutos; según el Oura, 6 horas y 9 minutos; según el Whoop, 5 horas y 54 minutos. Catorce minutos de diferencia entre el más generoso y el más tacaño, por la misma noche en la misma cama. Ese día caminé, según el RingConn, 14.126 pasos; según el Whoop, 13.761; según el Oura, 10.624. El Oura me deja casi 3.500 pasos por debajo de los otros dos, más de la cuarta parte del total. Y con el estrés, directamente, ya ni discuten en el mismo idioma: el RingConn dice que estoy en calma, con un 59 y cero minutos de estrés en todo el día; el Oura dice que estoy balanceado, con 45 minutos de estrés; el Whoop me da un estrés medio de 1,1 y cinco minutos de estrés alto. Yo no cambié de cuerpo entre un aparato y otro. Cambió el testigo.
La paradoja
Con el sueño y los pasos, al menos discuten en el mismo idioma. Horas contra horas, pasos contra pasos. Se puede estar en desacuerdo, pero se entiende la discusión. Con el estrés, ni siquiera me dan el mismo tipo de dato. El RingConn me da un número de una escala de 0 a 100: mi 59 de ese viernes es un punto en esa escala. El Whoop me da otro número, de 0 a 3: mi 1,1 cae en el tramo bajo. El Oura no me da un número en ningún momento. Clasifica mi día en cuatro estados posibles, recuperado, relajado, comprometido o estresado, y como en un mismo día puedo pasar por los cuatro, lo que me enseña no es una foto, es una interpretación de toda la jornada resumida en una sola palabra. Ese viernes la palabra fue «balanceado». No es que no sepa traducir un 59 a una escala de 0 a 3, es que no hay forma de traducir ninguno de los dos a una etiqueta que ya viene masticada por el propio aparato. Es como si un médico te diera la temperatura exacta, otro te la diera en una escala reducida, y el tercero, en vez de un número, te resumiera el día entero con un adjetivo. Puedes discutir 37 contra 38. No puedes discutir un número contra un resumen.
La salida que uso yo
Podría pasarme el resto del artículo discutiendo cuál de los tres tiene razón. Pero llevo tiempo dejando esa pregunta de lado, porque no tiene respuesta y, sobre todo, porque no la necesito. Lo que hago es otra cosa: elijo un dispositivo, uno, y me quedo con él. No para que me diga la verdad, que ya hemos visto que no puede, sino para tener una vara de medir constante. Un dato suelto, un 59 de estrés un viernes cualquiera, casi no dice nada. Pero ese mismo 59, comparado con el 40 de la semana pasada y el 70 de la semana anterior, medido siempre con el mismo aparato y el mismo criterio torcido, sí dice algo: dice que algo está cambiando en mí, aunque no sepa a qué escala absoluta. La foto suelta miente por omisión. La película, aunque esté grabada con una cámara imperfecta, cuenta una historia.
El salto a la empresa
Y esto no se queda en la muñeca, ni en el dedo. En una empresa pasa lo mismo con cualquier hecho que creemos objetivo, y la solución tampoco es que todo el mundo mida igual, porque eso no va a pasar. En la reunión de seguimiento de un proyecto se presentan indicadores que tienen un nombre muy «cool«, traffic light indicator, un semáforo de estado: rojo, ámbar o verde, tres colores, sin más matiz. El responsable de finanzas lo mira en una curva de burn rate, el ritmo al que se va gastando el presupuesto, un número que sube o baja cada semana. El equipo lo ve en un tablero de tareas, con barras de progreso que no dicen si el proyecto va bien, solo si se han cerrado tickets. Los tres están midiendo el mismo proyecto, el mismo hecho, y ninguno miente. Pero un ámbar no se traduce en una cifra de burn rate, ni un burn rate estable significa que las tareas críticas avancen. Lo peligroso no es que existan varios instrumentos. Lo peligroso es comparar sus lecturas como si hablaran el mismo idioma, un ámbar contra un 12% de desviación, y sacar de esa comparación cruzada una conclusión que ninguno de los tres puede sostener por sí solo.
Lo que sí funciona es lo mismo que funciona con mi estrés: coger un indicador, quedarse con él, y mirar cómo se mueve en el tiempo. Un proyecto que lleva tres semanas en ámbar dice algo, aunque ese ámbar no se pueda convertir en el burn rate de la semana pasada. Ahí sí hay verdad, aunque el cero de partida sea arbitrario. Y esto, en el fondo, es el punto de partida de cualquier transformación: antes de cambiar algo, tienes que medir, para poder ver luego si realmente cambió; eso exige hacerlo siempre con el mismo criterio, no con el que más convenga cada momento.
El cierre
No tengo ni idea de si duermo seis horas o seis y cuarto, ni de si mi estrés de hoy es un 59 o un 1,1. Lo que sí sé es que, si mañana cambio de anillo, dejo de saber incluso eso. La verdad que tenía no era el número. Era la comparación con el número de ayer, medido con el mismo criterio torcido. Esa es la que no me puedo permitir perder.
Cada un fala da feira como lle foi nela.
Nota para no técnicos: cuando un wearable dice que tu «estrés» es un 59, un «balanceado» o un 1,1, no está midiendo directamente el estrés. Es una estimación a partir de otras señales del cuerpo, y cada marca decide su propia escala, sus propios nombres y hasta si te da un número o un resumen del día entero. No hay ninguna fórmula que convierta uno en otro, así que compararlos entre marcas no tiene sentido, por mucho que los tres se llamen «estrés»
